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Relato de una agresión en el transporte público de Santiago, un acto racista y cobarde

Publicado en Lunes, 09 Julio 2012 Escrito por Maya Soledad Flores

En el Chile de hoy, en pleno barrio alto de Santiago, Maya Flores, ciclista, de nacionalidad boliviana, hija y madre de chilenos, profesora de Educación Física, miembro de Macleta, colaboradora permanente de Bicicultura y profesora de la Escuela de Ciclismo Inicial, mientras viajaba en transporte público en la comuna de Las Condes, fue golpeada cobardemente sin que nadie interviniera en su defensa.

Para quienes hacemos de la bicicleta nuestro principal medio de transporte, cuando nos vemos obligados a optar por otro medio, ya sea Transantiago o Metro, siempre salimos con algún reclamo, o por la lentitud o por hacinamiento, pero pocas veces nos toca vivir una experiencia como la que la misma afectada, a continuación, nos pasa a relatar.

Ataque misógino-xenófobo y retrato del agresor

Sábado 30 de junio de 2012, 9:30 de la noche. Micro línea 501 dirección oriente - poniente, bajando por Av. Colón de la comuna de Las Condes.

Se sube un joven entre 20 y 30 años, delgado con un mechón color verde esmeralda que le atravesaba la cabeza desde la nuca hasta la frente, los lados del cráneo rapados; varios piercings, bototos de caña alta, chaqueta de cuero, pantalón pitillo. Se ubica en la última fila de asientos junto a la ventana y se pone a fumar. Prontamente surgen los reclamos pero el se niega a dejar de hacerlo, lo acusan con el conductor, no escucho lo que dice pero el micro sigue su curso. De pronto un pasajero que estaba detrás mío 2 ó 3 asientos delante del joven fumador, le ofrece bajarlo y pide ayuda al resto de los pasajeros que no se hacen esperar y la emprenden contra el fumador; se inicia un intercambio corto de patadas y combos pues rápidamente entre por los menos 5 hombres reducen al personaje del pucho y empiezan a darle una paliza tremenda, tirado en el piso recibía los golpes y las patadas de todos.

Yo, otras personas y la pareja del primero que ofreció bajarlo gritamos que paren de pegarle, que lo bajen y ya....., por supuesto que lo bajan, lo tiran micro abajo sangrando. A mi me pareció un exceso y lo hago saber, ese joven nunca debió prender un cigarro dentro el micro, pero la reacción grupal fue desproporcional.

Cuando todo es está calmado y van y vienen las opiniones se me acerca un hombre y en voz baja me pregunta si soy peruana, yo de digo que no y qué tenía que ver eso, y ahí empieza a insultarme sin gritos, como hablando, los mismos agresores del joven fumador le dicen que se calle, yo me doy vuelta y punto. Cuando me acerco a la puerta esperando mi parada me doy cuenta que este hombre esta parado justo detrás mío, muy cerca, volteo a mirar y empieza de nuevo con los insultos que casi no logro escuchar pues los masculla torpe y atropelladamente. Pero va más allá, se abre la puerta del micro y trata de darme un golpe que alcanzo a esquivar pero logra tirarme del pelo muy fuerte micro abajo y sale corriendo. Sí, corriendo!, yo quedé completamente desconcertada. Desde unos metros más allá sigue mascullando insultos incomprensibles sólo alcanzo a entender 2 palabras: policía, peruana.

Me detengo un momento, respiro me arreglo el pelo y claro sigo mi camino hacia la estación de metro Colón, un poco repuesta pero con la rabia saliéndome en forma de lágrimas. Me lo vuelvo a encontrar en la entrada a los andenes, me mira y se detiene por un instante y luego corre a tomar el tren en dirección maipu. Yo iba al otro lado. Bajo a mi andén y un hombre que yo ví en el micro que estaba a mi lado cuando el otro me agredió y que no hizo nada por defenderme me pregunta: Qué pasó?!, con una semi sonrisa en actitud de quien se ha perdido de ver o presenciar alguna curiosidad. Sin comentarios. Como el que hizo la pregunta nadie, NADIE, hizo nada por ayudarme o defenderme, nadie dijo nada. Sólo miraban tan asustados y desconcertados como yo. Nadie se anima a ayudar a una mujer agredida artera y cobardemente en público por un hombre. Ni una pizca de solidaridad después de la agresión, me veían pasar con el pelo revuelto y se hacían a un lado.

RETRATO DE MI AGRESOR

Es un hombre que debe estar pasando los 40, bajo, me llegaba a mi hombro con suerte. Es un obrero, muy posiblemente de la construcción. Venía saliendo de su trabajo, lo supe por su olor a jabón y su pelo casi mojado. Vestía zapatillas deportivas, parka de varios colores, jaenas y su mochila abultada. Seguramente tenía que hacer un largo viaje hasta su destino, después de una larguísima jornada de pesado trabajo, seguro también que gana mal, además era sábado. Vaya que debe tener motivos de sobra para estar enrabiado con su vida, todos ellos agravados por su imposibilidad de cambiar su realidad, motivos incubados en tener que soportar jefes abusivos, situaciones laborales inciertas y condiciones de explotación. Es un hombre pobre y sin educación que engendra las deformidades más terribles de la realidad de mucha gente como él en Santiago de Chile. Es muy probable que le pegue a su mujer o a su novia, que sea uno de los encapuchados contratados por la policía, pues tiene la violencia a flor de piel. Cuando nos volvimos topar en la entrada de los andenes del metro, se detuvo un segundo al verme y yo sé que pensó en seguir con la agresión verbal y física, pero se le iba el tren y por su paso me di cuenta que estaba apurado.

Ahí mismo entendí toda la situación y él quedó desnudo frente a mi. Un ser oscuro, miserable, cobarde, peligroso, volcando la amargura de su vida en ataques arteros a los que son diferentes: un punk y una mujer mestiza inmigrante. Segura estoy que en su trabajo baja la mirada ante los superiores rubios y saluda atentamente a los hijos de éstos, quienes más de alguno debe tener un piercing o llevar el pelo teñido. Debe referirse como “señora” a las otras mujeres inmigrantes, a las poderosas, en ellas el color de la piel y el tipo de pelo es un adorno y su acento extranjero algo exótico.

Siguió su viaje y yo el mío. Seguro que donde él vive hay muchos punks, personas con piercings, mujeres mestizas inmigrantes, pero en ese lugar él es uno más de ellos, los desprecia del mismo modo pero no les agrede porque son de su mismo territorio y están protegidos. En el micro el joven punk que fumaba estaba solo y era diferente; yo estaba sola y también era diferente.

Vivo hace 13 años en Santiago de Chile, sabía que había xenofobia y misoginia en la ciudad, había tenido la buena estrella de no ser blanco de ellas. Esta agresión lejos de asustarme de andar por la ciudad y usar el transporte público me dice que debo estar muy atenta y ser muy aguda en todo momento, aprender a vencer el desconcierto y gritar pidiendo ayuda, aunque sabemos que lo más probable es que no llegue, pero pone en evidencia al agresor, lo hace público. Me permite comprobar que no estaba tan sola, el joven punk era mi igual en la situación y él salió mucho más afectado.

Después de volcar en palabras esta experiencia veo con alegría que pese al susto, al dolor y la verguenza, el tipo ese jamás logró tocarme ni espantarme y que tengo entre mis seres queridos amigos y un entorno en el que soy reconocida y considerada como mujer, boliviana, profesora, madre, ciclista, deportista, puzzlera y bailarina feliz de la vida.
Maya Soledad Flores

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