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Las 10 Emociones Capitales de una Macleta

Publicado en Miércoles, 07 Marzo 2012 Escrito por Elba Lizama Cisternas

Si realizas viajes o paseos en bicicleta, pasas por una gama de sensaciones variadas, dependiendo de la situación y las condiciones. Es bastante probable que toda macleta haya experimentado o experimentará en su condición de tal, varias de estas emociones, compartiendo a su vez las vivencias mencionadas.

La curiosidad: “Quiero pedalear más lejos”. Se me metió en la cabeza la idea de pedalear desde mi casa en el paradero 24 de Vicuña Mackenna, La Florida, hasta la Plaza Pedro de Valdivia, en Providencia. Tenía 15 años. Debía hacerlo a escondidas de mis padres, porque la idea no les agradaría en nada, de hecho, ellos aún pensaban que yo pedaleaba dando vueltas a la manzana (como buena niña). Como nunca me acompañaban en mis paseos, yo no me quedaría esperando a que lo hicieran para saciar mi curiosidad y probar mis capacidades. Obviamente, en el camino se veía todo igual que desde la micro, pero al mismo tiempo era distinto, más real, más cercano, más emocionante. De lo feliz que estaba, me sentía capaz de hacerlo cien veces más, aunque tal vez no el mismo día. Lo malo era que debía mantener mi hazaña en secreto para que no me retaran. Afortunadamente, llegué a mi casa sin problemas técnicos ni fisiológicos, directo a la ducha.

La vergüenza: “Me saqué la cresta… ¡y había gente!, snif”. Iba por Lastarria de noche y quería subir de la calle a la vereda para no ir contra el tránsito, pero no me percaté del desnivel entre éstas (yo hubiese jurado que había una bajada) y al saltar la cuneta en diagonal, yo salté, pero mi bicicleta no (se quedó pegada la rueda delantera) y volé para caer justo frente a una pareja que iba a adelantar con mi súper maniobra. No caí tan mal, pero me dio mucha lata la tontera. Él me ayudó a pararme y ella me pasó la bicicleta, entre risitas mal disimuladas, les di las gracias y desaparecí raudamente.

La vanidad: “El casco me aplasta el pelo”. Es la pura verdad, pero si queremos disminuir nuestras probabilidades de sufrir un TEC por una caída, hay que usarlo. Como expresa la frase de Andrea Paz: “Cómo perder su estilo en 5 minutos”, refiriéndose que al ponernos accesorios para pedalear simplemente no nos vemos tan divas, lo cual es cierto. Hay que entrar a sopesar seguridad y glamour, según la ocasión.

La alegría: “¡La bici es lo mejor del mundo!”. Esto se da especialmente cuando vas bajando una cuesta pronunciada o cuando vas muy rápido en una bonita avenida con pavimento decente. Tienes una sensación de libertad y autonomía increíbles, y sin contaminar.

El orgullo: “Menos mal que me vine en bici”. En el taco, los vehículos contaminantes se mueven lentamente o están detenidos y esto exaspera a muchos de sus conductores, pero muchas ciclistas (hábiles y ojalá con manubrios angostos para no dañar espejos) pasamos entre las filas de autos como si nada y con una sonrisa triunfal que expresa “¿y dime, quién anda más rápido ahora, ah?”.

La frustración: “Mmm, para otra vez será”. Subía el San Cristóbal por primera vez, un sábado en la mañana. No sabía cómo usar bien las velocidades de la bici, pero igual aperré hasta donde pude (un tercio del trayecto) y me bajé de la bici muy contrariada, sudando, hiperventilando y mareada (la razón principal para detenerme). Luego de un trecho a pie, consideré prudente volver a pedalear y me decepcioné porque no pude mantener un ritmo apropiado. A caminar otra vez, frustrada, ya convencida de que “no podía” pedalear más. En eso, pasó un corredor a mi lado, un “viejo” estupendo que se nota que entrenaba regularmente: tenida deportiva impecable y con unos músculos dignos de lucir. Me dijo, con voz firme (sin detener su trote en subida): “Señorita… la bicicleta es para subirse en ella”, sin tono de burla ni desdén, sino muy claro, como te dice el entrenador cuando sabe que puedes dar más… o por lo menos eso espera. Su comentario y la fuerza que ponía en lo que él hacía, me infundieron nuevos bríos cuando ya me sentía rendida. Me subí de nuevo a la bici, y de verdad lo intenté, pero no, ese no era el día para llegar a la cumbre y como no quería llegar a pie, tomé el camino de vuelta a casa.

La sorpresa: “¡Me demoro lo mismo que la micro!”. Tú aseguras que te demoras un determinado tiempo en llegar de un lugar a otro y la gente que no anda en bici (un 90% de mis ex compañeros de la U) simplemente NO te compra. Incluso una misma se sorprende de lo poco que se demora, a veces menos que el transporte público. Me pasó cuando tenía prácticas grupales en la U, en distintos lugares todos los días. El hecho era que desde la U, en Independencia con Santos Dumont, hasta el paradero 7 de Vicuña Mackenna, me demoraba entre 25 y 30 minutos y mis compañeras en micro/metro se demoraban lo mismo y a veces las tenía que esperar.

El miedo: Atropello inminente. Típico que el estresado, atrasado e incivilizado micrero, con el fin de adelantar a otro como él, pasa pegado a ti (sin la distancia suficiente) y a toda velocidad, con el riesgo de atropellarte o desestabilizarte. Algunos más considerados, al menos te avisan con un bocinazo, que te pueden atropellar aunque en el fondo de su corazón no te quieren matar, pero pasan igual de cerca e igual de veloces. En estos casos es mejor frenar un poco y acercarse a la cuneta para estabilizarse.

La culpa: “¡Mierda! Le pegué al espejo”. Puede pasar que en el afán de adelantar o cuando te encierran contra un auto estacionado, le des al espejo de un auto por un error puntual de descoordinación visomotriz. Después de unos cuantos espejos golpeados (que no se rompen por cierto) y más experiencia en el esquema espacial con tu bici, te va mejor. Lo malo es cuando al auto estacionado le suena la alarma, lo que hace más notoria tu torpeza.

La rabia: “¡Señaliza al virar, estúpido!”. El brillante conductor tiene luces de viraje, pero que no las usa y tienes que frenar en seco para no irte contra el auto. Ojo que no estás en una pista exclusiva de viraje. Otros la hacen mejor y se te cruzan rajados desde segunda fila. Para evitar riesgos en esta situación tienes que ponerte entre dos autos (sin permitir que el que viene atrás te pase) y no intentar adelantar al otro auto hasta cruzar la calle.

Macletas, sólo una última advertencia:

“El uso frecuente de la bicicleta puede generar adicción a ésta”.

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